Por Yonis Reyes
Creo en el honor. Creo en la lealtad. Pero, por encima de todo, creo en la palabra empeñada.
En política, prometer cuando se necesita el apoyo de los demás es fácil. La verdadera prueba de carácter llega después, cuando se alcanza una posición de poder y corresponde cumplir aquello que un día se prometió.
Ahí se conoce al dirigente.
Las circunstancias pueden cambiar. Las alianzas pueden cambiar. Los escenarios electorales pueden cambiar. Lo que no debería cambiar es el honor de quien dio su palabra.
Porque cuando alguien responde que “las circunstancias son otras” para apartarse de un compromiso asumido, surge una pregunta inevitable:
¿Cambiaron las circunstancias o cambió el valor que se le daba a la palabra después de alcanzar el poder?
La política no puede convertirse en el arte de prometer para llegar y olvidar para permanecer.
Quien ayer necesitó de una mano para subir, debe tener la grandeza de recordar esa mano cuando esté arriba.
Porque utilizar la esperanza, la lealtad o el sacrificio de otros como escalones para alcanzar una posición y después desconocer los compromisos asumidos no fortalece un liderazgo: lo debilita moralmente.
Un cargo puede otorgar autoridad.
Los votos pueden otorgar poder.
Pero solamente la conducta otorga credibilidad.
Y existe una verdad que ningún dirigente debería olvidar:
el poder es prestado, el cargo es pasajero y las circunstancias son temporales; pero la palabra empeñada retrata para siempre el carácter de quien la pronunció.
La política dominicana necesita recuperar el valor de la palabra.
Porque cuando la palabra de un político deja de valer, también comienza a perder valor su liderazgo.
El hombre que honra su palabra puede perder una posición; el que la traiciona puede terminar perdiendo algo mucho mayor: el respeto de su pueblo.
Yonis Reyes

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